Las tripas que levitan
por Mónica Van Asperen
“Y si la espera y el deseo, puf, que cuidad y qué tiempo”, me dijo Mireya, ubicándome en sus ideas rápidamente sobre el estado de permanencia en lo “núbico”.
“Cumplo 90 años y me encanta tu obra”, me dijo. Le respondí: “yo 63 y 6 y 3 son 9, justo entramos en un portal juntas a mirarnos.
Al principio, mi Yo no encontraba nada en las imágenes de Mireya y no sabía qué decir, recomponía la intención de totalidad y no espacialidad, todo el tiempo queriendo asirme a un punktum.
Recuerdo haber transitado muestras en Recoleta percibiendo panzas de luz y sus colores, con un espejo en la barbilla y mirando al revés. Ella dijo: “La Nada es justamente lo que compone mi obra”.
En su estudio hallé cerámicas emplazadas como si fueran troncos, en el medio de los mundos. Me sorprendí cuando topé con algo para adherir, ella me dijo: fui ceramista, soy, pero dejé el objeto, me hundí en las telas para seguir y dar rienda a estos espacios participativos relacionales.
En mi se filtraba como una ventana algo oculto e implicado en las escenas internas de cada persona. Me respondió: sí, percibiste bien, son relatos escritos como testimonio de la experiencia, dentro un estado muy particular, lo Núbico, creado por mí. Era una voz colectiva que completaba la imagen y es curioso encontrase con esos rumores internos.
Los espacios Núbicos fueron habitados por otros fenómenos plásticos: la música, los tambores, la lutheria, la danza etc. Las cerámicas realizadas al principio permanecían como mojones en el tiempo y disparadores de la levitación.
Observé que las costuras expuestas y las placas pegadas eran una modalidad del lenguaje que se repetía, costurones de matambres e hilos sueltos desvanecían la trama, hacían aparecer plásticos, algas u otras sombras naturales y se sostenían entre desequilibrios.
Visualmente creaban liviandad. Había también barros con dinamismos inertes que atómicamente se desprendían en partes. Núcleos en movimiento con su velocidad hacia la tensión y su inmediata disolución en el espacio. Sumaban dinámicas al estado del paisaje gravitatorio.
El taller se eleva como un cuerpo celeste le confesé; ese es también mi sentimiento, dijo y reímos. Había mucho silencio y una zona selvática, las plantas en un pulmón de manzana, atrás su depósito de muestras que eran archivos de telas, con fichas.
Volviendo a ese cosmos abovedado con costuras rústicas y visibles entre planos, experimente una ruptura entre nubes al despertar el día. Pensé durante todo este tiempo a lo largo de su vida, después de este despertar a su modo de habitar y habitarnos con su obra, este barroco, este tendedero, estas cuerdas que indicaban un anunciamiento o una señal: lloverá, o algo va a caer del cielo.
Me vino la imagen de la muestra “identidad” con Abuelas de Plaza de Mayo-1997. Y como un baño de luz borraba límites y heridas. En este dialogo me dejó claro que en el encuentro con su obra al inicio de lo Núbico, ella descubría y quitaba el campo referencial que imponen las tres dimensiones cartesianas. Me confirmó: hay una ruptura y es mía con el mundo y la percepción de otra dimensión en esta.
Tuve flashazos en mi memoria que venían de sus obras y otras obras en la historia: la danza de Matisse y sus papeles cortados que daban lugar a una nueva figuración
Otra experiencia afín fue cuando visité la Cuevas de las Manos. Mi sensación de inmensidad y humanidad volvieron a crear algo misterioso. Los bloques de piedra crecen entre si rompiéndose y dando cubos, puntas, entre fisuras; había un sello de manos, un pequeño animal adentro y fuera de la creación de la piedra, no se entendía qué sostenía qué cosa.




